Por
Enrique Del Risco
¡Aquella
gira que hicimos con la brigada cultural sí que fue histórica, Funes! ¿Te
acuerdas de la jodedera en el tren? De verdad que allá se gozó. Pero, ¿tú sabes
una cosa? De todo aquello, los recuerdos más impresionantes que tengo son los
que tienen que ver con los niños. Porque es que los chamas son del carajo.
Siempre te sorprenden. Tienen una mezcla de ingenuidad y lucidez que es algo
tremendo. Para ellos no vale la hipocresía ni nada de eso. Te miran directo a
los ojos, tranquilos, sin tener nada que ocultar...
¿Por
dónde iba?, ¡ah sí! Pues cuando llegamos a la cooperativa... ¿Cómo era que se
llamaba? Yo-no-sé-cuanto-aniversario-de-no-sé-qué. Bueno, cuando llegamos los
campesinos nos estaban esperando y les hicimos una obra de teatro infantil que
teníamos montada. Después vino el despelote aquél con el grupo de danza de la
gente de Filosofía. “Metafísica” le pusieron al grupo. Si Parménides los ve los
hubiera mandado a fusilar. El caso fue que después del conversatorio sobre
poesía y del trovador, les dimos a los niños crayolas, pinceles, acuarelas y
plumones para que pintaran.
Imagínate,
los chiquitos aquellos que nunca habían cogido un pincel en la mano estaban
locos haciendo dibujitos... Pache... ¿tú todavía los tienes? Tráelos mañana
para que esta gente los vea. Bueno, entonces el tipo... No, no era eso. ¡Ya! Yo
estaba mirando aquello cuando veo una niña (que no sé qué edad tendría por lo
flaquita que estaba) calladita, con tremenda tristeza porque no sabía pintar.
Eso me llegó al alma. Entonces cogí el plumón rojo mío. Sí, ese que tiene una
tinta buenísima que no se cae. Ese mismo. Se lo di y le guié la mano para
pintar una flor. Pero qué va. La flor le resultaba demasiado difícil. Entonces
probé con un sol. Después de dos o tres intentos logramos hacer uno pero en eso
tengo que dejarla sola no recuerdo por qué... ¿y tú sabes lo que pasó cuando
regresé? ¡La niña había llenado de flores el papel! Nunca me había pasado algo
así. Con aquellos soles la niña me hizo sentir realmente útil. No te puedes
imaginar lo que eso puede representar para uno. Entonces me di cuenta que esos
muchachos lo que necesitan es que alguien se encargue de desarrollar sus
habilidades para que ellos puedan encausar su imaginación. ¿No es lindo
eso...?
Pero
aquello no terminó ahí. La niña se pasó toda la tarde pintando y cuando nos
íbamos no quería soltar el plumón. Quise convencerla de que un lápiz era mejor
pero ¡qué va! No quería soltar el plumón para nada. Tú sabes que para mí ese
plumón es sagrado. Le ofrecí caramelos, le hice mil monerías y nada. La gente
esperándome para irnos y aquella chiquita, terca como una mula, seguía pintando
solecitos sin hacerme caso. Yo sé que la solución no fue la más correcta, pero
tenía que acabar de coger el plumón para irnos. Y en la desesperación vi el
machete al lado mío. Aquello fue tremendo. La niña llorando con la manita
cortada, los guajiros que me venían para arriba con palos y machetes. Tuvimos
que salir de allí como alma que lleva el diablo.
Por
suerte pude recuperar el plumón. Desde entonces no se lo presto a nadie para
que no haya problemas. ¿Pero sabes una cosa? A veces me pongo a pensar y me
preocupa que nadie le haya enseñado a la niña a pintar soles con la mano
izquierda. Ya te lo dije: esos muchachos sólo necesitan que alguien se preocupe
por ellos, que se encargue de desarrollar sus habilidades para que puedan
encauzar su imaginación...
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